Homo Faber 2026: Venecia y el arte de hacer
Hay algo que me gusta especialmente del trayecto hasta Homo Faber: cruzar la laguna y ver cómo Venecia se va quedando atrás, cada vez más pequeña. Durante unos minutos solo están el agua, el viento y el ruido del motor. También dejamos atrás, poco a poco, el movimiento y el bullicio de la ciudad.
Y quizá sea por eso que, incluso antes de desembarcar, ya empiezo a bajar el ritmo.
Al llegar a San Giorgio Maggiore, todo parece transcurrir de otra manera. El espacio, la luz, los jardines y la propia arquitectura de la isla hacen que el cambio se note enseguida. Venecia sigue ahí, justo enfrente, pero durante unas horas parece quedar en otro lugar.
Y entonces empieza la magia.

Qué es Homo Faber 2026
Homo Faber es una bienal dedicada a la artesanía que se celebra cada dos años en la Fondazione Giorgio Cini, en la isla de San Giorgio Maggiore. Cada edición cambia de nombre y de enfoque. Esta cuarta edición se llama An Island of Light y está dirigida por Es Devlin.
Es Devlin es una artista y escenógrafa británica conocida por crear grandes instalaciones y espacios escénicos que combinan arquitectura, luz, música y movimiento. Ha trabajado en las giras de artistas como Beyoncé y el espectáculo de U2 en la Sphere de Las Vegas, y en proyectos para instituciones como la Royal Opera House o la Tate Modern. También fue responsable del pabellón del Reino Unido en la Expo de Dubái.
Su trabajo tiene algo que se reconoce enseguida: estructuras monumentales, formas circulares y cinéticas, juegos de luz y una manera muy teatral de hacer que el espectador forme parte de la obra. En Homo Faber, esa mirada se convierte en una puesta en escena de la artesanía.
Para esta edición reunió más de 800 objetos realizados por más de 400 artesanos de todo el mundo, distribuidos en 15 instalaciones por los edificios y jardines de la Fondazione Giorgio Cini.

En esta edición, antes de llegar a las piezas, el recorrido propone algo que me parece acertado.
Primero, una sala llena de materiales y herramientas de los oficios que vamos a encontrar después. Luego, los retratos de los artesanos. Y solo entonces, las piezas.
Primero los materiales. Después las personas. Al final, el objeto.
Como si quisieran recordarte, antes de que veas nada, que ninguna pieza empieza siendo una pieza.
Un paseo por las salas
Homo Faber se recorre sala a sala, y cada una propone una manera diferente de acercarse a la artesanía.
A Language of Hands es la puerta de entrada: materiales, herramientas y un breve vídeo que introduce los oficios que encontraremos después.
En An Index of Artisans aparecen los retratos de todos los artesanos participantes. Después llega An Alphabet of Objects, con su gran estructura circular giratoria y más de cien piezas iluminadas desde atrás, cuyas sombras se proyectan sobre las paredes.
A Library of Lungs lleva las formas de la naturaleza de la isla al interior de la exposición. A Full Moon Rising utiliza una antigua piscina de los años sesenta para crear un paisaje de moon jars coreanos sobre el agua. A Rooted Ascent reúne piezas realizadas a partir de materiales de origen vegetal.
En An Atelier Alive, varios artesanos trabajan delante de los visitantes. También se exponen muchas piezas singulares.
An Infinite Birdsong convierte una sala en una Venecia de espejos, reflejos y pequeñas piezas que aparecen entre fachadas y canales imaginarios.

Después, el recorrido continúa por A Great Turning, instalado en el claustro palladiano; A Luminous Ark, con sus esculturas de papel iluminando la monumental escalinata; A Feast of Light, donde todo es blanco; y A Rainbow of Forms, donde el color y los reflejos dominan el espacio.
Y, finalmente, A Place for Workshops, donde los visitantes pueden dejar de mirar y experimentar directamente algunas técnicas artesanales.

Son muchas salas, muchos materiales y cientos de objetos.
Y, por supuesto, no todo te interesa de la misma manera.
Hay piezas que miras y sigues caminando. Y otras que te generan más curiosidad y te quedas un poco más.
Por distintos motivos, estas son algunas de las que captaron mi atención.
Lo que no se ve de un vistazo
Hay cosas que no se explican con un plano.
En cada sala encontramos un maestro, una técnica y, detrás, mucho más tiempo del que uno imagina cuando mira únicamente la pieza terminada.
Y también hay detalles que solo aparecen cuando dejas de mirar la exposición como un conjunto y empiezas a fijarte en cómo están hechas las cosas.
La pieza antes que el objeto
En An Alphabet of Objects, Es Devlin diseñó el recorrido como una secuencia: primero hay que fijarse en las sombras que se proyectan sobre las paredes, luego observar la estructura circular que gira lentamente y solo al final entrar en ella y mirar de cerca cada pieza.
Una de las Young Ambassadors nos contó que escoger qué objetos entraban en esta sala había sido realmente difícil. Había mucha calidad entre los artesanos y muy pocos lugares.
En las repisas más altas había piezas de cristal de Murano realizadas en hornos que ya no existen: piezas únicas, irrepetibles, que ya no pueden volver a hacerse exactamente de la misma manera.
Una vez más, mirar esas piezas me recuerda que, cuando vemos un objeto terminado, estamos viendo solo una pequeña parte de todo lo que ha ocurrido antes.
La luna y el agua
En A Full Moon Rising, el hilo conductor es el diálogo entre la luna y el Adriático.
Sobre una repisa que sale y entra del agua —como si respirara— están los moon jars, muchas de ellas con su gemela al otro lado de la sala, para apreciar mejor el trabajo detrás de cada pieza.
Lo que más me llamó la atención fue descubrir cuántas maneras diferentes había de interpretar una misma forma. Cerámica, vidrio, lana, barro, elementos vegetales, pigmentos especiales, texturas… materiales y técnicas muy distintos para crear piezas que, juntas, hablaban de la luna y del agua.
Y ahí es donde mi mirada se quedó un poco más: en los materiales, en las texturas, en las irregularidades y en todas esas pequeñas huellas que hacen que cada pieza sea diferente.
Ver el oficio en proceso
En A Rooted Ascent encontré a Sean y Daniel Evelegh, dos hermanos ingleses de Kent con un estudio de mobiliario que comenzaron juntos en 2020. Sean se formó en Rycotewood Furniture Centre y Daniel, que estudió Economía en Cambridge, se incorporó al proyecto para llevar la parte de negocio.
Ese día estaban haciendo una demostración de marquetería en directo: pequeñas piezas cortadas a mano con una precisión asombrosa.
Les pregunté si era una técnica que traían de familia. Me dijeron que no. Que simplemente, se enamoraron de la técnica.
Y me gustó esa respuesta.
Porque a veces imaginamos que detrás de un oficio tiene que haber una tradición familiar, un taller heredado o una historia que empezó generaciones atrás.
Y no siempre.
A veces empieza simplemente porque alguien prueba algo con las manos y de esa fascinación descubre que quiere seguir haciéndolo.

En esa misma sala trabajaba Shakunona Parata, artesana de Ngamiland, en el norte de Botsuana.
Aprendió a tejer cestas de su madre y de su abuela. No compra la fibra: la recoge ella misma junto al río Okavango y la trabaja mediante la técnica del cosido en espiral.
Para Homo Faber 2026 colaboró con Mabeo Studio en una pieza llamada Diware, que combina su tejido de palma con púas de puercoespín recogidas del entorno, piedras semipreciosas y madera tallada a mano.
Es una pieza que habla de materiales, sí, pero también del lugar del que proceden.
Y eso cambia completamente la manera de mirarla.
Cuando hay que acercarse
En An Atelier Alive hablé con Marc Schweizer, un artista suizo, que corta papel desde los ocho años, cuando su madre hizo un curso de iniciación y le enseñó en casa lo que había aprendido.
Hoy trabaja con un cuchillo de hoja diminuta y si es necesario, pequeñas tijeras. Para los detalles más pequeños utiliza un microscopio.
Sus piezas pueden llevarle desde días hasta meses y, para que los visitantes pudiéramos seguir su trabajo, una cámara ampliaba en una pantalla lo que sus manos iban haciendo. A simple vista, era casi imposible apreciar algunos de los detalles.
Ese día trabajaba en un cuadro con un ave en el centro, con pan de oro auténtico en los detalles.
Verlo trabajar tenía algo hipnótico.
Porque una cosa es saber que una pieza está hecha a mano y otra muy distinta es ver cuánto significa realmente esa frase.
Cuero, corte y costura
En la misma sala estaba la artesana Elaine Chan-Perryman, de herencia china y británica.
Llegó al cuero casi por casualidad. En 2012 conoció en Inglaterra a una mujer cuya brida de caballo le pareció preciosa. Detrás de aquella brida había una historia: la había hecho el abuelo de la mujer, curtidor de oficio.
Elaine se apuntó a la misma escuela donde él había aprendido y, desde entonces, no dejó el oficio.
Cose a mano, con dos agujas, piezas escultóricas con forma de jarrón en cuero italiano curtido al vegetal. No utiliza pegamentos ni estructuras de apoyo: solo corte, talla y costura.
Otra vez, detrás de un objeto aparentemente sencillo, aparece una cantidad de tiempo que no se ve cuando lo ves terminado.
Una Venecia dentro de otra Venecia
En An Infinite Birdsong entramos en una Venecia en miniatura.
En el centro, el Gran Canal. A los lados, fachadas de palacios venecianos. Los espejos grabados con motivos de arquitectura veneciana enmarcan las piezas y multiplican sus reflejos.
Joyas, relojes, cuadros, plumas de escribir y pequeños objetos aparecen entre la arquitectura como si hubieran quedado suspendidos dentro de una ciudad reflejada en el agua.
Es, de todas las salas, la que más se quedó conmigo.
Quizá porque no intenta reproducir Venecia literalmente. La convierte en una sensación: reflejos, agua, arquitectura y luz.
Y quizá también porque, después de varios días caminando por Venecia, reconocerla dentro de una sala resulta extraño y familiar al mismo tiempo.
Una visita que pide tiempo
Homo Faber es una experiencia inmersiva y no termina en las instalaciones. Hay demostraciones en directo, artesanos trabajando, talleres participativos y Young Ambassadors que acompañan a los visitantes durante el recorrido.
Se puede visitar en un día, por supuesto.
Pero si quieres visitarla con calma, es mejor dedicarle más tiempo.
No porque haya que correr de una sala a otra, sino precisamente por lo contrario: porque cuando empiezas a detenerte delante de las piezas, a leer, preguntar y observar cómo trabaja alguien, todo transcurre de otra manera.
Y creo que esa es una de las cosas que más me gusta de Homo Faber.
Te obliga a bajar el ritmo.
Nuestro propio hanko
Entre las últimas salas se encuentra A Place for Workshops.
Homo Faber ofrecía allí dos talleres de técnica japonesa: kintsugi y hanko, el sello tradicional tallado en madera. Hice el hanko. Me habría encantado hacer también el de kintsugi, pero no conseguí plaza 😉
Podía elegir entre varios kanji relacionados con la luz, la sombra o el concepto de Ma: el espacio, el intervalo, ese vacío que también forma parte de la estética japonesa.
Me quedé con el de la luz.
Y tallé mi propio sello sobre un bloque de nogal, despacio, sin atajos.
No tiene nada que ver con la tapicería.
Pero tiene todo que ver con cómo entiendo el oficio.
No hay atajo para comprender un proceso que no sea hacerlo.
La precisión que exige guiar una gubia sobre la madera, el tiempo que necesitas para no arruinar un trazo, la concentración que pide cada gesto… eso no se explica.
Se experimenta.
Y vivirlo en primera persona, cada vez que puedo, sigue siendo un privilegio.
Cuando miras desde el oficio
Hay algo que ocurre cuando visitas una exposición de artesanía y tu trabajo está relacionado con los materiales, los muebles y los objetos que forman parte de la vida cotidiana.
No miras exactamente igual.
No significa que esas sean las piezas que más te han gustado, ni siquiera las que más recuerdas de la exposición. Simplemente hay determinados objetos que, por tu propio oficio, hacen que te detengas en detalles que quizá pasarían desapercibidos para otra persona.
En Homo Faber encontré varios.
Los menciono precisamente por eso: porque tienen una relación directa con materiales, estructuras o técnicas que reconocemos en el taller.
Una silla que vuelve a empezar
Había una silla baja, con un cojín fijo en el respaldo y otro en el asiento, cubierta con un textil que imitaba el musgo y con las costuras a la vista.
Se llama Hi!breed Chair, de la diseñadora londinense Charlotte Kingsnorth, y nace de un armazón vintage restaurado sobre el que la diseñadora esculpió la espuma de tapicería de forma intuitiva, casi a mano alzada.
Para Kingsnorth, cada silla restaurada tiene algo de reencarnación: como si la pieza vieja volviera a la vida con una identidad nueva.
Y esa relación entre lo que ya existe y lo que puede llegar a ser de nuevo es algo que conocemos muy bien.
Un mueble pensado para usar
También había un baúl de cuero a rayas —naranja, violeta y crudo— con varios compartimentos que se abrían por todos lados.
Se llama Games Island Trunk, de Trunks Company, un taller de Jaipur especializado en baúles.
Dentro guarda siete juegos de mesa distintos, todos unificados por un diseño hexagonal: piezas de ajedrez talladas, dados de plata esmaltada y herrajes de latón.
Me interesó por la relación entre artesanía y mobiliario. No era una pieza pensada únicamente para contemplarla: estaba concebida para abrirse, utilizarse y formar parte de la vida cotidiana.
Una cuestión de textura
Me llamó la atención un taburete azul eléctrico: Blowing Bubbles, diseño de la sudafricana Ronel Jordaan, hecho de lana merina teñida y afieltrada, cosida a mano sobre una estructura de metal, madera y poliéster reciclado.
Sus formas esféricas recuerdan a los globos de diálogo de los cómics, una manera, explica la propia artesana, de imaginar un antídoto contra el ruido negativo de las redes.
En este caso, fue especialmente la materia lo que me hizo detenerme: la lana, el volumen, la textura y la manera en que un material blando puede transformar por completo la percepción de una estructura.
El tiempo tejido en cuero
Y otro mueble atrajo directamente mi mirada. Blanco, impoluto, con tiras de cuero entrelazadas y pequeños destellos de paladio: el Ice Trunk, de Serapian, una maison milanesa de marroquinería.
Es un mueble bar compacto, realizado con una combinación de nappa, ante y otros materiales en distintos tonos de blanco. Su superficie incorpora el icónico Mosaico de Serapian, una técnica de tiras de piel tejidas a mano que Stefano Serapian desarrolló en 1947.
El nivel de acabado es altísimo.
Aquí, inevitablemente, la mirada se va al material, al corte, a la precisión del tejido y al tiempo que debe haber detrás de cada superficie.
Son solo cuatro ejemplos entre cientos de objetos.
Y no pretenden resumir Homo Faber.
Son simplemente cuatro piezas que, por trabajar cada día con muebles, textiles, estructuras y materiales, miré desde un lugar diferente.
Lo que queda después
Después de varios días en Homo Faber, resulta difícil quedarse con una sola pieza.
Hay objetos que sorprenden por su técnica. Otros por los materiales. Algunos por su belleza, otros por la historia que tienen detrás. Hay instalaciones que recuerdas por la manera en que estaban construidas y artesanos que recuerdas simplemente porque tuviste la oportunidad de ver cómo trabajaban.
Y quizá eso sea lo más interesante de Homo Faber: que no sales pensando solamente en los objetos.
Sales pensando en las personas que los hacen.
En las horas que hay detrás de una superficie perfectamente acabada. En la paciencia necesaria para repetir un gesto cientos de veces. En lo que significa conocer un material hasta saber exactamente cuánto puede darte y hasta dónde puedes llevarlo.
Eso es algo que, al volver al taller, inevitablemente reconoces.
Cuando alguien trae una butaca heredada, por ejemplo, no empezamos hablando de tejidos ni de acabados.
Preguntamos qué recuerda de ella, quién se sentaba allí, por qué la ha conservado durante tantos años.
Porque antes de decidir cómo restaurar un mueble hay que entender qué significa para la persona que lo trae.

Quizá por eso volver a Homo Faber tiene sentido para nosotros.
No porque allí encontremos exactamente lo que hacemos en el taller.
Sino porque, entre tantos oficios, materiales y maneras diferentes de hacer, volvemos a encontrarnos con algo que compartimos: el respeto por el tiempo, por la materia y por las manos que convierten una idea en un objeto.
Y cuando vuelves a mirar así las cosas, cuesta un poco menos recordar que detrás de cualquier pieza bien hecha hay mucho más de lo que se ve.


















