Sebastián Scollo tapizando en su taller de Argentina

El hombre que trabajaba con el alma

 

Hay oficios que se aprenden. Y hay oficios que se sienten. Mi padre, Sebastián Scollo, pertenecía a esa segunda categoría.

Empezó muy joven, en su Argentina natal, en los años cuarenta. Cuando todavía el mundo no hablaba de artesanía como si fuera una tendencia, sino como lo que siempre había sido: la única manera honesta de hacer las cosas bien. Aprendió de grandes maestros, con paciencia y con los ojos muy abiertos. Y desde el principio, tuvo algo que no se enseña en ningún taller: una sensibilidad especial para entender los materiales, los tejidos, las proporciones. Para escuchar lo que un mueble necesita.

 

Algunas de las herramientas de Sebastián Scollo que aún utilizamos en el taller

Cuando la herramienta no existe, la fabricas tú

La tapicería tradicional no es un oficio de aguja y hilo. Es un oficio de martillo, tachuelas, muelles y crin vegetal. De manos que conocen la resistencia de cada material y saben exactamente cuánta tensión necesita una estructura para que dure décadas.

Mi padre lo sabía mejor que nadie. Y cuando se encontraba con una situación para la que no existía la herramienta adecuada, no buscaba un atajo: la fabricaba él mismo. Una de las que más recuerdo es la que creó para cinchar los muebles y estirar los muelles, para que quedaran perfectos y bien alineados. Nadie se la había encargado. Nadie le había dicho que la necesitaba. La imaginó, la construyó y la usó durante años.

Esa actitud lo dice todo. No era ingenio por capricho. Era exigencia pura. La convicción de que si el resultado que buscas es el correcto, merece el esfuerzo de encontrar —o crear— el camino para llegar a él.

Juego de utacas de terciopelo tapizadas por Sebastián Scollo

Lo que no se ve importa tanto como lo que se ve

Cuando Sebastián desmontaba un mueble, no se limitaba a cambiar el relleno y la tela. Miraba dentro. Y si la madera estaba deteriorada o había carcoma, la curaba, la encolaba, la dejaba en condiciones antes de continuar. Sin modificar el presupuesto. Sin hacer un drama de ello.

Lo único que podía cambiar era el plazo de entrega. Y en ese caso, llamaba al cliente, le explicaba lo que había encontrado y lo que estaba haciendo. Hasta que no estaba convencido de que el resultado final era el que la pieza merecía, no daba el trabajo por terminado.

Esa filosofía ya era slow mucho antes de que existiera la palabra. Mi padre no medía el tiempo. Medía el resultado. Y el resultado tenía que ser digno de la pieza, digno del cliente y digno de su nombre.

Hace poco, Roxana nos escribió desde Argentina para contarnos que todavía usa dos butacas de estilo que heredó de sus padres. Mi padre las tapizó en terciopelo hace más de treinta años y siguen impecables. Las fotos que nos envió nos permiten mostrarlas aquí. Gracias, Roxana.

Como ella, sabemos que aún hay clientes que conservan sofás, sillas y otros muebles tapizados por él. Que sigan así se debe, en parte, al cariño con que sus dueños los han cuidado durante todos estos años. Lo demás no es suerte: es la consecuencia de haber usado los materiales correctos, de haber trabajado cada detalle con cuidado, de haber entendido que un mueble bien hecho no debería tener fecha de caducidad. De hecho, cuando entregaba sus trabajos, daba una garantía de cincuenta años.

La primera vez que lo cuento, la gente sonríe. La segunda, se queda pensando. Porque en el mundo en que vivimos —donde todo está diseñado para durar un par de temporadas— esa cifra suena a otro idioma. Para él era simplemente la consecuencia lógica de hacer las cosas bien.

Sebastián Scollo y su oficio de tapicería

La paciencia como forma de vida

Mi padre tenía otra pasión además de la tapicería: la pesca. Se recorrió Argentina con la caña en la mano, siempre buscando un río nuevo, un lago, un rincón tranquilo donde el tiempo pasara despacio.

Creo que no es casualidad. La pesca y la tapicería comparten algo esencial: no puedes apresurarlas. Puedes tener todas las técnicas del mundo, pero si no tienes paciencia, el resultado nunca será el que esperas. Mi padre lo sabía. Y esa paciencia que cultivó junto al agua la trasladaba cada día al taller, a cada muelle que ajustaba, a cada pieza de crin que colocaba en su sitio.

Para él, la familia y el trabajo eran los dos pilares de su vida. Y los vivía con la misma dedicación: sin prisas, sin atajos, dando a cada cosa el tiempo que merecía.

Cinco cosas que nos enseñó

Con los años, hemos ido destilando lo que aprendimos de él. No son reglas escritas en ningún manual. Son formas de hacer que llevamos dentro y que aplicamos cada día en el taller.

El camino fácil no siempre es el mejor. A veces dedicaba más tiempo del previsto porque sabía que era la forma correcta de hacer las cosas. Nosotros hacemos lo mismo.

Cada mueble merece respeto. Detrás de cada pieza hay una historia, unos recuerdos y una razón por la que alguien quiere conservarla. Eso nunca lo perdemos de vista.

Los detalles importan. Era capaz de fabricar sus propias herramientas si eso le ayudaba a conseguir un mejor resultado. El detalle invisible es el que marca la diferencia.

Menos proyectos, más dedicación. Prefería trabajar con calma para ofrecer el nivel de calidad que consideraba adecuado. Nosotros también trabajamos con un número limitado de encargos al mes, por la misma razón.

La satisfacción del cliente es lo primero. Su mayor recompensa era ver la ilusión de quien volvía a disfrutar de una pieza terminada. La nuestra también.

 

El taller que lleva su nombre

Mi padre soñaba con que mi hermano tuviera un taller propio. Eso era lo que quería para él. El nombre nunca fue su idea: él era así, más dado a pasar desapercibido que a figurar. Cuando le mostramos la marca que habíamos diseñado, con su nombre en ella, se emocionó tanto que se le corrieron las lágrimas.

Ese sueño tomó forma en Barcelona, donde abrimos el taller juntos. Pudo verlo abrir sus puertas y nos dejó poco después, sin llegar a ver todo lo que hemos ido construyendo desde entonces. Lo que sí nos dejó es una forma de trabajar que intentamos honrar cada día.

Hoy, Mabel, mi cuñada está al frente del taller y aprendió el oficio directamente de él. En cada decisión que toma se puede ver la huella de lo que Sebastián transmitió: el respeto por los materiales, la atención al proceso, el orgullo discreto del trabajo bien hecho.

Contamos esta historia no por nostalgia, sino porque nos parece importante que quien confía en nosotros sepa de dónde venimos. Un taller no es solo un espacio con máquinas y tejidos. Es una manera de entender el tiempo, el esfuerzo y la belleza. Nosotros la aprendimos de un hombre sencillo que trabajaba con el alma.